Hace tiempo empecé un proyecto importante con la intención de hacer de la rutina algo distinto. Gestos cotidianos que se tornan mágicos, como viajar o desnudarse y, ahora, escuchar música.
Ya de por sí es todo un ritual: aguja, vinilo, apagar la luz y subir el volumen. Los acordes atraviesan el oído para formar imágenes en la oscuridad.
Los surcos del disco se vuelven heridas en el metal, y éstas, a su vez, depositan la tinta sobre el papel.
Y así nace la estampa.