El caso de Abu Ghraib

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La forma de percibir la fotografía de guerra ha experimentado un cambio sustancial en los últimos años. Esta nueva forma de mirar surgió a partir de los sucesos de la prisión de Abu Ghraib y se hizo pública más tarde, junto con las fotografías que ilustraban la tortura y el abuso sistemático al que se veían sometidos los prisioneros. Lo que hace a estas imágenes distintas del resto de instantáneas que ilustran la guerra es que la figura del fotógrafo coincide con la del torturador.

Durante el mandato de Saddam Hussein, Abu Ghraib era conocida por las condiciones en las que mantenían a los presos. Esta situación no cambió cuando el recinto fue ocupado por el personal militar de Estados Unidos, que se vio envuelto en una investigación criminal por los casos de abuso y tortura que tuvieron lugar a principios de 2003. El sargento Joseph Darby fue el encargado de iniciar este proceso al dejar, de manera anónima, un cd repleto de imágenes a disposición de Tyler Pieron, del Comando de Investigación Criminal de Estados Unidos. La historia terminó por hacerse pública gracias a los sucesivos informes y a un artículo de Seymour M. Hersh en la revista The New Yorker publicado el 30 de abril de 2004. También en abril, el programa 60 Minutes II de la CBS se encargó de emitir la historia de las torturas. Ilustró la información con las polémicas imágenes, pero en ningún momento hizo mención a cómo se habían conseguido estas tomas o quién era el responsable de la autoría de las mismas.

El general Antonio M. Tabuga escribió un informe en el que analizaba los fallos institucionales del sistema presidiario, donde hacía mención especial a los sucesos acaecidos entre octubre y diciembre de 2003, meses en los que se produjeron casos de abusos criminales en Abu Ghraib. Fueron los soldados de la 374nd Military Police Company, vinculados a miembros de la Inteligencia Americana, quienes perpetraron los hechos. La evidencia es irrefutable, ya que el reporte iba acompañado de los videos y fotografías tomadas por los propios soldados durante el proceso de tortura. Son seis los soldados presentes en estas tomas: Ivan L. Frederick II, conocido como Chip; Charles A. Graner, Javal Davis, Megan Ambuhl, Sabrina Harman y Jeremy Sivits.

Las fotografías muestran abusos físicos y psicológicos, así como abusos sexuales, sodomía e incluso homicidios. La deshumanización a la que se vieron sometidos los prisioneros es aberrante para cualquier cultura, pero algunos de los métodos de tortura fueron especialmente dañinos para la moral islámica. En las imágenes aparecen los cuerpos desnudos y dolientes, obligados a formar pirámides humanas, a posar simulando escenas sexuales mientras los soldados ríen y toman instantáneas. Los actos homosexuales forzados entre presos no solo los humillaban como personas, sino que además están prohibidos por la ley del Islam.

Hasta 2004, la fotografía de guerra estaba hecha por fotoperiodistas profesionales cuya misión era documentar e informar sobre un conflicto. Estas fotos fueron realizadas con las cámaras personales de los soldados y, dada su naturaleza digital, pasaron a difundirse por Internet. La fotografía no es sólo memoria en este caso, sino que es parte de la tortura y obliga al espectador a entrar en este desagradable juego de abusos repetidos hasta el infinito que han creado estas imágenes unidas a lo indeleble de un medio que no olvida y está siempre disponible: la web.

La Administración Bush lamentó que las fotografías hubiesen salido a la luz. Los abusos dirigidos a los presos pasaron a ser una realidad cuando el pueblo tuvo en sus manos las imágenes: hasta entonces era tan solo un rumor. Los crímenes cometidos pasaron a un segundo plano: se produjo un desplazamiento de la realidad hacia las fotografías. Sin estas imágenes, las humillaciones sistemáticas hubieran sido olvidadas. La falta de documentación fotográfica ha llevado al olvido colectivo de sucesos como los perpetrados en el gulag o guerras que perdieron interés, no sólo por las manos que empuñaban las armas, también por la ausencia de imágenes que nos hablaran de ellas.

El horror que muestran las fotografías no debe eclipsar lo terrible de que éstas fuesen realizadas. La cámara no sólo se convierte en una herramienta de tortura, si no que, además, las tomas cumplían, inicialmente, la función de trofeo. “El horror de lo que se muestra en las fotografías no puede ser separado del horror de que esas fotografías fuesen hechas con los autores posando, regodeándose de sus indefensos cautivos” escribió Susan Sontag para el New York Times.

Cierto es que este modelo de foto-trofeo no es algo nuevo. Durante la Segunda Guerra Mundial los soldados alemanes retrataron las atrocidades que cometieron en distintas ciudades, pero los casos en los que éstos se exhiben triunfantes junto a sus víctimas son limitados. Deberíamos remontarnos a finales del siglo XIX para encontrar algo similar: durante esta época se tomaron varias fotografías de los cuerpos sin vida de personas de raza negra que habían sido linchadas por su condición. En torno a un par de cadáveres suspendidos en la horca se arremolina una multitud sonriente, curiosa, que posa sin rubor para inmortalizar un hecho que estimaba legítimo. El mismo sentimiento es el que lleva a los soldados de Abu Ghraib a aparecer en las tomas. Esta forma de proceder se ha visto repetida recientemente por el denominado Kill Team.

El diario alemán Der Spiegel hizo públicas en marzo del 2011 cuatro fotografías que rápidamente dieron la vuelta al mundo. El Pentágono tenía conocimiento de la existencia de estas imágenes, que había tratado de ocultar para evitar el desprestigio de sus tropas. Tras su publicación, el Gobierno se disculpó y aceleró los trámites jurídicos para condenar a los partícipes del horror. Ese mismo mes fue condenado a 24 años de cárcel uno de los soldados que aparece en las fotografías. Se trata de Jeremy Morlock, un joven de 22 años que forma parte de los cinco acusados por asesinar a civiles afganos por el simple hecho de matar. Morlock accedió a testificar contra sus compañeros de matanza con la intención de conseguir una sentencia más indulgente: a pesar de los años de condena que se le han adjudicado, podrá conseguir la libertad condicional en siete. No satisfecho con este pacto, su abogado reclama que se contabilice para sentencia el año que ha pasado en prisión preventiva. Se le acusa de perpetrar tres asesinatos, conspiración, obstrucción de la justicia y el uso de drogas ilegales.

Lo terrible de sus acciones es innegable y se incrementa cuando analizamos las fotografías. Tal y como sucedió en Abu Ghraib, los soldados compartieron las imágenes mediante discos duros o lápices de memoria. Cualquiera podía tener acceso a ellas, por lo que la Administración Obama ordenó que se eliminaran todas las imágenes existentes, en un intento de que no saliese a la luz. La OTAN temía por la repercusión que las fotos podían tener para sus tropas. No olvidemos que la organización islámica al-Ansars respondió a las polémicas fotos de la prisión con un vídeo online en el que acababan con la vida de Nicholas Berg. Según Der Spiegel, los líderes militares han tratado de seguir la misma estrategia utilizada por el cuerpo diplomático en el caso de los cables de Wikileaks

Las imágenes muestran los abusos cometidos por el ejército. Cuerpos desmembrados y cadáveres exhibidos como trofeos componen la mayoría del material gráfico. Una de las tomas más impactantes muestra a Morlock sonriendo, con un pulgar levantado mientras sujeta a su víctima con la otra mano para mostrar el cuerpo sin vida a la cámara. El concepto y la composición de la fotografía no dista mucho de las que se toman los cazadores junto a su presa, ya sea un atún o un león, y cuelgan en el salón de su casa con la intención de exhibir sus hazañas. También se asemeja a la polémica imagen de Abu Ghraib en la que la soldado Sabrina Harman aparece junto al cadáver de Manadel Al-Jamadi en una pose que incluye pulgar levantado y sonrisa. El hombre, que murió mientras le interrogaban, presentaba signos evidentes de tortura y había sido guardado en una bolsa con hielo hasta que se decidiese qué hacer con él. Harman lo encontró y se hizo una foto con él. Más tarde se excusaría diciendo que ella siempre posaba igual para todas las imágenes, y que su intención principal fue documentar cómo murió Al-Jamadi.

Paul Ekman, prestigioso psicólogo especialista en emociones relacionadas con expresión facial, comentó en una entrevista sobre el caso Abu Ghraib que, cuando alguien sonríe, es casi un reflejo devolver esa sonrisa, técnica usada hasta la saciedad por la publicidad. El problema es que al devolver la sonrisa a la joven soldado pasamos a formar parte del horror, algo que nos repugna.

Capturar ese asesinato como victoria, además de saltarse el protocolo militar, va en contra de toda moral y de los derechos humanos. La reacción de rechazo que produce la imagen se intensifica al conocer la historia que hay detrás. El 15 de enero, la 3ª compañía Platoon llegó a La Mohammand Kalay, una ciudad aislada cuyos ciudadanos eran en su mayoría granjeros. Al no encontrar evidencias de presencia terrorista, dos de los soldados se alejaron del grupo y comenzaron a buscar alguien a quien matar. Fue entonces cuando Morlock y Holmes, de 21 y 19 años, vieron a un joven trabajando apartado del resto, y lo eligieron como objetivo. Simularon que el joven, que contaba con 15 años de vida antes de que se la robaran, les había atacado con una granada. Después lo acribillaron a balazos. Su superior, lejos de condenar su actuación, pidió a los soldados que se asegurasen de que el joven estaba muerto, pues aún mostraba signos de vida cuando el resto de hombres se unió a la compañía. Tras rematarlo, ambos soldados se aseguraron de tener un recuerdo del momento.

La banalización del dolor ajeno no termina aquí. Junto a las fotos se distribuyeron videos en los que se muestran a 24 fotogramas por segundo cómo asesinan a otras personas. Uno de ellos incluso tiene título: Death Zone. En él aparecen dos afganos colocando un supuesto artefacto explosivo, gesto suficiente para ordenar un ataque aéreo contra ellos. Un acto legítimo que se enturbia por el proceso de postproducción que ha sufrido el video. Las escenas del combate han sido modificadas para convertirlas en un video musical de quince minutos en el que la artillería cae al ritmo de En Vie de Apocalyptica. Tras el plano fijo se da paso a los créditos finales.

Hay quién acusa al modelo de vida occidental de este tipo de abusos, escudándose en que han aumentado los niveles de violencia a los que se ven expuestos los ciudadanos por la intervención de los videojuegos, el cine y los medios de comunicación. No debemos olvidar que recientemente se ha dado un caso similar en el ejército israelí. Eden Abergil subió a Facebook algunas imágenes de sus años en el ejército bajo el título “El Ejército, el mejor periodo de mi vida”.

En las fotos aparece junto a presos palestinos con los ojos vendados y las manos atadas, y fueron interpretadas como una muestra de abuso y humillación hacia el pueblo palestino. El ejército de Israel se apresuró en declarar que la joven ya no formaba parte del servicio militar, y que por ese mismo motivo no podía retirar las fotos de la famosa red social. La propia Abergil restringió la privacidad del álbum, que un principio era visible para todo aquel que visitase su perfil. La importancia de este caso radica en la inclusión de las redes sociales en el panorama de la fotografía de guerra, pues permiten una mayor difusión y pueden ser comentadas in situ, de manera que el protagonista puede opinar sobre ellas.

La imagen no es más que un souvenir. El dolor ajeno se torna así en algo que mostrar con orgullo a familiares y amigos, cercano a los recuerdos que compramos cuando viajamos para demostrar que estuvimos allí.

Esta idea ha sido explotada por el artista Phillip Toledano en su serie America The Gift Shop, que pretende ser una crítica a la política exterior del país. Entre los elementos que componen la obra se encuentra una recreación de una de las imágenes de Abu Ghraib: un hombre encapuchado sobre una caja, con los brazos en cruz y cables eléctricos en sus manos. La imagen, con claras referencias a la imaginería cristiana, forma parte de uno de los métodos de tortura utilizados por los soldados, cuya intención principal era privar del sueño a los presos. Toledano retoma la imagen y la convierte en una figurita en la que se puede leer “greetings for Abu Ghraib”. En la misma serie aparecen otras alusiones a la prisión: Fairground Cutout retoma otra de las imágenes más polémicas, en la que una soldado aparece junto a un preso desnudo y encapuchado, levantando sus pulgares junto al miembro viril de éste. La toma nos ofrece la posibilidad de ser el rostro de los integrantes de la acción con el simple gesto de asomar la cabeza tras la estructura de madera. Una mesa en la que el cristal se apoya sobre un preso sodomizado y un jarro de galletas cuya tapadera está adornada con presos apilados completan la parte de la obra basada en los sucesos acontecidos en la prisión. El artista hace uso del humor negro para exponer su opinión sobre la política de Bush, no solo en Abu Ghraib, también en Guantanamo y otras prisiones. De nuevo, dolor ajeno como souvenir, aunque en este caso pretende ser una crítica para despertar memoria y moral. El propio autor defiende su creación diciendo:

“These are all things that make up our daily existence. They have a familiar intimacy. And that’s why they make perfect vehicles to shock, disturb, and remind. Once the sugar coating of the ordinary dissolves, we are left with the grim truth about where America has been as a nation. At the end of a trip, we buy a souvenir to remind ourselves of the experience.”

 

Toledano no ha sido el único artista que ha visto la necesidad de usar el arte como forma de recordar y denunciar. Botero también quiso recrear las torturas en una serie de cuadros inspirados en las fotografías de los cautivos iraquíes. La intención de denuncia y memoria, cercana a la de la pintura histórica, puede verse minada por el particular estilo del pintor, en el que la carne tiene un papel principal. En un artículo publicado por The Nation Arthur C. Danto se pregunta si la firma de Botero no conllevará que se “humorice y abarate el horror” para después aclarar que si alguien iba a llevar este tema al arte, Botero era el más indicado.

“We knew that Abu Ghraib’s prisoners were suffering, but we did not feel that suffering as ours. When the photographs were released, the moral indignation of the West was focused on the grinning soldiers, for whom this appalling spectacle was a form of entertainment. But the photographs did not bring us closer to the agonies of the victims”.

Según Danto, las imágenes salidas de la mano del artista nos hace identificarnos con la víctima de la tortura y dejar de lado el odio y la indignación que genera la presencia de los soldados estadounidenses en estas tomas. En palabras del propio Botero “Un pintor puede hacer cosas que el fotógrafo no, porque un pintor puede hacer visible lo invisible”. En este caso, lo invisible es el dolor del reo, eclipsado por el horror de la propia imagen. La interpretación artística muestra lo que queda fuera del alcance del fotógrafo, y ejerce una mayor influencia en el espectador al escaparse de la saturación de imágenes en la que nos movemos dada su propia naturaleza. En este punto el autor da la razón a Sontag, quién argumentó que la fotografía debe ser aumentada para que podamos llegar a sentir el dolor que muestra. La escritora vio en el pie de foto la solución a esta carencia de la fotografía, pues aumentar la imagen mediante técnicas digitales no es más que sacrificar la veracidad en pos de su significado. Este sería el caso de la famosa imagen de Brian Walski, compuesta a partir de dos capturas correlativas. El fotógrafo quiso aumentar el impacto de la imagen al hacer más sencilla su lectura. En la imagen retocada, un soldado indica a unos civiles que se pongan a cubierto mientras que un hombre que lleva en brazos a quien suponemos su hijo le mira suplicante. En los originales, el soldado no gesticulaba cuando el padre le miraba y viceversa. Para que la imagen fuese suficientemente informativa por si misma perdió toda su veracidad. Las críticas desatadas fueron de lo mas variopintas: muchos criticaron con dureza la decisión del fotógrafo y se alegraron cuando fue despedido, mientras que otros justificaban su causa argumentando que la función principal de un fotoperiodista es generar una imagen que cumpla las espectativas en cuanto a información se refiere, pese a que conlleve sacrificar la historia real.

La serie de Botero no precisa de subtitulares. La temática seleccionada es fácilmente reconocible pues las imágenes de Abu Ghraib han sido explotadas hasta la saciedad, motivo por el que el espectador puede centrarse en la obra sin necesidad de analizar cuál ha sido la motivación del artista. La intención del autor era que no se olvidasen los sucesos perpetrados en el recinto penitenciario, y comparó su iniciativa con la de Picasso al ilustrar el bombardeo de Guernica. Sin embargo, “a diferencia de la pintura de Picasso, una obra cubista que puede servir a una función puramente decorativa si uno no es consciente de su significado, la serie sobre Abu Ghraib de Botero nos sumerge en la experiencia del sufrimiento”.

¿Es lícito que el autor tome como punto de partida la recreación del dolor ajeno? La serie ha recibido buena crítica por parte de los expertos, que alaban la técnica del pintor por encima de la temática elegida. ¿No es más que un intento de resaltar en el panorama artístico a través de la polémica? La trayectoria del artista indica lo contrario. Con anterioridad había retratado las crueldades de la política, desde su Colombia natal hasta la situación global, con un fuerte carácter crítico y comprometido. Su intención está reforzada por la decisión de no poner a la venta ninguno de los 78 cuadros que componen la serie: Botero ofreció la colección a un gran número de museos americanos.

Al salir del mercado del arte, las imágenes cumplen con la función en la que fueron ideadas. Los cuadros nos remiten a las fotografías tomadas por los soldados, que son a su vez los hechos en sí. ¿Se mantendría esta función si en lugar de haber colgado en las galerías las obras de Boteron hubiesen sido expuestas las tomas reales?

El 17 de septiembre del año 2004 se inauguró una muestra con el título Inconvenient Evidence: Iraqi Prison Photographs from Abu Ghraib en el International Center of Photography, y posteriormente fue trasladada al Warhol Museum en Pittsburgh. Las galerías recogieron 20 de las fotografías tomadas por los soldados en la prisión iraquí y otras obras en las que se mostraba la posición de los civiles de Iraq sobre la aparición de esas imágenes. La intención de la exposición fue replantear la relación que une fotografía y guerra a partir de la idea de que las fotos tomadas por los soldados no surgieron como forma de documentación, sino como parte de la tortura y humillación. El texto de presentación de Inconvenirnt Evidence reza así:

As a result, issues of ethics, law, politics, leadership responsibility, the use of torture, and the role of electronic media have become even more immediate. These concerns, as well as the place of photography in documenting or constructing truth, must be reconsidered. This is an opportunity to reflect on Susan Sontag’s contention that “the photographs are us,” and to question if in fact “the horror of what is shown in the photographs cannot be separated from the horror that the photographs were taken.”

Las fotografías, que fueron difundidas por las agencias de fotoperiodismo como propias ya que olvidaron mencionar el nombre de los autores, habían pasado a formar parte de un nuevo nivel. “Han metamorfoseado desde el lugar de la tortura al lugar del arte, atravesando de puente el lugar de la información”, dijo Sontag. Dar a este tipo de imágenes cabida en el panorama artístico plantea una serie de problemas dada su naturaleza. Si la tortura se exhibe en galerías se aíslan de la realidad y se tratan como objeto de estudio, idea que defendió Danto diciendo que al trasladar una obra cuya función inicial era distinta a la de ser expuesta en un museo “se vuelven objeto de atención para eruditos a entendidos y su contenido pasa a ser materia de investigación para la historia del arte”. Se corre el riesgo de olvidar que los soldados capturaron esos instantes con una intención que dista mucho de la que se le puede otorgar a las fotografías al exponerlas dentro del sistema artístico. Las imágenes son tortura, no pueden considerarse desde otro prisma.

Se dio un caso similar al que nos ocupa en la Bienal del museo Whitney celebrada en 1993. Una de las obras expuestas era un vídeo en el que se mostraba cómo la policía de Los Ángeles golpeaba a un hombre negro llamado Rodney King reproducida en bucle. La obra había sido grabada por un aficionado que pasaba por allí en el momento adecuado, lo que propició un fuerte debate acerca de si la obra expuesta podía ser considerada como arte. “A los comisarios no les importaba que fuera arte o no, sino la clase de realidad que mostraba. En este sentido, se erigió un modelo de arte políticamente comprometido. Había contribuido a transformar la sociedad”. Si intentamos una reflexión similar para el caso de A inconvenient evidence podemos caer en el error de entender como arte comprometido unas imágenes que no pueden incluirse en esta categoría, pues no debemos olvidar el origen de las mismas.