“Yo acostumbro a trabajar así”

Hace unos días, el New York Times publicó unas fotos firmadas por Samuel Aranda para ilustrar un artículo sobre los efectos de la crisis en nuestro país. Muchos compartieron estas imágenes en sus perfiles y aplaudíeron la calidad de las mismas, otros criticaron públicamente el daño que hacían a la ya malograda marca España. La respuesta del autor no se hizo esperar, e incluso concedió alguna entrevista para explicar el porqué de estas tomas. Entre las preguntas se cuela una cuya respuesta me hubiera encantado debatir:

¿Por qué las fotografías son en blanco y negro?
Yo acostumbro a trabajar así. Es solo un estilo fotográfico o un recurso. Lo he hecho siempre así en Asia o África pero ahora en España parece que he cometido un delito.

Antes de entrar en materia, quiero aclarar que admiro el trabajo del fotoperiodista español. Podría parecer lo contrario, pero cualquier persona que se juega la vida por mi derecho a la información merece mi respeto. No quiero cuestionar la calidad de su obra, sino las implicaciones estéticas de la misma. Y es que a mí la respuesta de “yo acostumbro a trabajar así” no me parece suficiente.

La función de las imágenes es informativa: pertenecen a la esfera del periodismo, su fin es ilustrar la noticia. Deben ser una muestra fidedigna de la realidad. Aquí surge el gran problema: el procesado les ha arrancado el color. Puede parecer una tontería: estamos más que acostumbrados a que, por exigencias de planillo o para suavizar una imagen demasiado doliente, las fotografías se publiquen en escala de grises. Pero en este caso hablamos de una galería virtual, donde el precio de la impresión a color no importa nada. El simple hecho de que las instantáneas hayan sido publicadas en blanco y negro nos posiciona a cierta distancia de la imagen. Además, evidencia el artificio de la fotografía, por lo que se crea una nueva barrera.

Casi sin quererlo, debemos atravesar un par de capas para llegar al contenido. Quizás para nosotros, los que vemos día a día esta realidad, no sea difícil pasar de la fotografía a la verdad y complementarla con nuestra propia experiencia, pero al otro lado del charco, donde hay quien no sabe dónde está España, no es así. Salvando las distancias, seguro que a más de uno la galería de Aranda le ha recordado a los testimonios que Dorothea Langedejó de aquella crisis del 29 que tanto se parece a la nuestra. Tal vez el destino final de las fotografías que nos ocupan sea acompañar a las de la fotoperiodista americana en un prestigioso museo, donde la información pierde peso ante el valor artístico.

Si Samuel Aranda decidió prescindir de las tonalidades de nuestro país no fue por casualidad. Ya de por sí la fotografía oculta demasiadas elementos, demasiados matices, como para eliminar también ese nexo con la realidad. Definir como “estilo fotográfico” este vacío informativo tampoco ayuda. No en vano, la RAE incluye entre las acepciones de estilo “carácter propio que da a sus obras un artista”, y aquí volvemos a aquel museo ficticio de la que una madre inmigrante podría compartir espacio con el toro de Osborne.

No quiero que se me malinterprete, las imágenes son muy buenas, son muy bonitas y muy ilustrativas de lo que puede llegar a ser la crisis. El problema no está en el fotógrafo, por supuesto. El problema está en que el fotoperiodismo no deja de ser un trabajo, y uno tiene que vender sus fotos para poder vivir dignamente. Aquí entra en juego la crisis del periodismo, a la que se le puede reprochar el giro que ha dado la imagen de lo informativo a lo estético.

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