Gervasio Sánchez y su antología del dolor

“Podías elegir los muertos o esperar la mejor luz porque nadie se quejaba o te molestaba”

El ruido incesante de los disparos recibe al espectador. Un diciembre del 92, Gervasio Sánchez registró el sonido que hoy abre su antología: han pasado 25 años desde que comenzó su andadura en el fotoperiodismo. De las paredes de La Tabacalera de Madrid, otrora abandonada y hoy autogestionada, cuelgan 148 imágenes capturadas entre el dolor y el horror de la guerra y sus consecuencias. El Ministerio de Cultura, la misma entidad que le concedió el Premio Nacional de Fotografía en 2009, se ha encargado de que su trabajo pueda visitarse desde el pasado 6 de marzo y hasta el 10 de junio.

Antes de comenzar este viaje entre guerras, que hoy expone henchido de orgullo nuestro Gobierno, es importante resaltar la relación que mantiene este periodista con la Administración. En 2009 fue galardonado con un premio Ortega y Gasset del Periodismo y, ante la atenta mirada de los políticos de entonces, pronunció frases tan hirientes como éstas:

 

Es verdad que todos los gobiernos españoles desde el inicio de la transición encabezados por los presidentes Adolfo Suarez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero permitieron y permiten las ventas de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas.
Es verdad que en la anterior legislatura se ha duplicado la venta de armas españolas al mismo tiempo que el presidente incidía en su mensaje contra la guerra y que hoy fabriquemos cuatro tipos distintos de bombas de racimo cuyo comportamiento en el terreno es similar al de las minas antipersonas.
Es verdad que me siento escandalizado cada vez que me topo con armas españolas en los olvidados campos de batalla del tercer mundo y que me avergüenzo de mis representantes políticos.

 

Su crítica al sistema no terminó con este discurso. Quiso despedir a Zapatero con una entrada en su blog de El heraldo titulada El mejor traficante de armas abandona la Moncloa. Entre sus palabras destaca una verdad: Gervasio es un personaje incómodo para el sistema porque nunca se ha vendido. Siempre ha hecho lo que ha querido y siempre ha sido fiel a sus principios. No le ha temblado la voz al cuestionar la ética de petroleras patrias como Repsol, como tampoco ha acallado las críticas hacia el periodismo que se prostituye cada vez que califica un tema como algo que “no vende”. De ahí que llame la atención que hoy se ensalce su trabajo desde los mismos entes ante los que nunca se ha arrodillado.

El recinto elegido para albergar semejante muestra de dolor no podía haber sido más apropiado. La antigua fábrica de tabacos no es sólo un edificio pendiente de reforma, es la viva imagen de la ruina romántica. Tras los muros provisionales se deja ver el desorden. La pintura se desprende y en las ventanas se agitan sombras indefinidas. El frío del abandono acompaña al visitante en un viaje de ausencias y desaparecidos. Resuena el eco de los disparos y recibe al espectador un pequeño cartel con una dedicatoria especial a los compañeros caídos.

Las fotografías, 63 en color y 85 en blanco y negro, se distribuyen en el entorno por orden cronológico. De un lado la guerra, del otro la vida de los supervivientes. Entre las imágenes se encuentran, intercalados, 7 proyecciones agrupadas en seis grandes bloques: América Latina, Balcanes, África, Asia, Vidas minadas y Desaparecidos.

Las instantáneas son fortísimas. Allá donde se dirija la mirada hay dolor y destrucción. Pese a todo queda espacio para la esperanza, aunque éste sea tan débil que apenas se aprecia. Gervasio Sánchez ha conseguido encerrar loshorrores de la guerra, todos y cada uno de sus desastres, en un espacio accesible al que todo el que quiera puede asomarse. Entre el público había gente que se deshacía en lágrimas silenciosas y curiosos que se retrataban con su móvil de última generación al tiempo que criticaban con una voz deliberadamente alta su sentir acerca de la exposición. Quiero creer que no es posible abandonar la sala sin cuestionar la naturaleza humana, pero sé de buena tinta que por saturación y sobrexposición muchos pasarán de puntillas ante la carne desgarrada del otro.

A algunas tomas cuesta trabajo mantenerles la mirada sin derrumbarse. Otras son capaces de despertar la ternura, e incluso las hay de una belleza desorbitada. Hay retratos técnicamente perfectos y momentos irrepetibles. En esta muestra, como no podía ser de otra manera, también está presente el fantasma de la banalización del dolor. Las proyecciones avanzan al ritmo de una música ambiental que elimina de raíz toda la fuerza de las imágenes. El sonido de los disparos y el silencio de la muerte han sido sustituidos por compases que bien podríamos encontrar en los comercios que inundan cada metro cuadrado de Madrid. Sorprende encontrar fotos proyectadas a color que en la sala aparecen en un riguroso blanco y negro. Una en concreto, la de un hombre herido por un machete, que aparece en ambos formatos, me hizo reflexionar.

Ante la imagen proyectada y, pese a la música, aparté instintivamente la mirada. Dolía demasiado. Colgada me esperaba su versión en grises, y pude enfrentarme a ella sin problemas. El blanco y negro impone una barrera consistente entre el dolor propio y el ajeno, y dificulta la apreciación de la imagen como una realidad. No en vano, revela la naturaleza fotográfica de la misma, la de un momento subjetivo capturado mediante una tecnología determinada y mentirosa. Por otra parte es necesaria. Si la imagen hiere demasiado es más sencillo rehuir de la realidad que enfrentarla. Y es así como se han olvidado guerras que “no venden” o que, directamente, no han sido registradas. Si no hay imágenes no existe, como el cadáver de Bin Laden. Como los gulags. Como los fallecidos en Siria.

Y, sin embargo, los muertos no son lo peor de una guerra. Los muertos se entierran y viven en el recuerdo. El problema es que se olvida a los que sobreviven. Es a ellos a los que el periodista ha dado voz durante los últimos años. A los que fueron mutilados por las minas que dejó la lid a su paso, a los que vieron como su cuerpo se diluía en las enfermedades y el hambre tras el genocidio. A los que perdieron a un familiar en una desaparición forzada. Y aquí está de nuevo la política. No es un asunto exclusivo de América Latina, en España tenemos a nuestros propios desaparecidos. Son demasiados los que descansan en cunetas mientras que sus familiares se dejan la vida por recuperar lo que queda de ellos.
Es demasiado silencio.

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